El ermitaño y la rueda de la fortuna



Aquí estamos de nuevo, zombies de la noche. Traigo noticias: no he ganado absolutamente nada en el concurso de literatura de mi instituto, lo cual no ha sido una gran sorpresa.
Como prometí, subiré lo que presenté por partes, porque es bastante largo.

Ahora llega la parte en la que me quejo: nunca he ganado nada por escribir. Me gusta escribir, a veces, pero nunca ningún profesor me ha dicho algo positivo. Entonces claro, esto solo nos lleva a dos cuestiones:


1) O son tontos
2) O yo no escribo bien.


Como emo con pasado oscuro, me decantaré por la 2. Gracias a eso, cada vez rendirme frecuenta más mi mente. ¿Porqué escribo, si total, no lo hago bien?
A veces pienso que es una pérdida de tiempo. Ni siquiera se porqué tengo este blog. No tengo talento, y ya está, soy una más.
Pero bueno, fin de dramas, aquí os traigo la increíble historia no-premiada titulada "El ermitaño y la rueda de la fortuna".






La carta número nueve del tarot era el ermitaño: un señor solitario y sabio en busca de algo más. Era sinónimo de introspección, del dolor, del abandono. De querer saber y caer en el intento. Él mismo conseguía abrir puertas pero se olvidaba que sólo destapaba abismos. 

La carta número diez era la rueda de la fortuna. Un sorteo en el que miles de calaveras tiraban un dado, decidiendo tu suerte. Vertías tu alma a cambio de invocar un circo que lo único que haría sería reírse de tu destino. Cada giro que diera la rueda de la fortuna se incrustaría en tus entrañas.

—Van llegar cambios imprevistos, Theo —enunció el viejo adivino de Dusttown.

Sus manos se hallaban más arrugadas que nunca. Casi se podía apreciar la perfecta anatomía de sus huesos. Habían heridas y cortes. La piel estaba raspada por el frío. En Dusttown el verano fue tan efímero que cuando llegó el invierno nadie se percató. Las grandes montañas de humo cortaban el paso para contemplar el cielo. El único modo de saberlo era salir a la calle y dejar que se te congelara la piel.

 El viejo George había sacado sus cartas de tarot para prometerle al joven Theo un futuro más apasionante que la negrura, el polvo y las máquinas. Él mismo sabía muy bien lo que significaba trabajar duro. Sin quererlo sus manos se habían convertido en el reflejo de años de sacrificio.
Y el resultado era aquel: El ermitaño y La rueda de la fortuna. 

—Deberás actuar con precaución —continuó— Los acontecimientos sucederán a su debido tiempo. Aún teniendo plena conciencia de ellos, no trates de adelantarlos.

Theo no pudo evitar fijarse en el paño viejo violeta de debajo de las cartas. El contraste que hacía con la mesa de madera le enternecía. La predicción parecía valerse del montaje tan riguroso. 
Tras la muerte de sus padres, Theo se había vuelto supersticioso. Él había visto sus fantasmas, aunque a veces lo confundía con sus propios demonios. 

El viejo George lo acogió amablemente en su humilde hogar. A cambio, debería trabajar tomando su puesto cuando muriera. Resultó que George tenía una pequeña empresa que combinaba con sus horas laborables. No pudo tener hijos con la que fue un día su mujer. Necesitaba algún heredero que sacara adelante su chatarra. Parecía una oferta demasiado buena como para ser cierta, pero Theo la aceptó. 

Al cabo de los años, su relación fue tan cercana que casi lo podría considerar un segundo padre. Juntos , había sacado la casa adelante. No tenían mucho dinero, pero con sus diecisiete años Theo había logrado cosas que ni un treintañero hubiera podido.  La vida era dura y más valía descubrirlo joven. 

—Serán positivos— añadió— Creo que esto se nos queda incompleto. Sacaré otra carta— anunció haciendo lo dicho.

La carta número trece del tarot era la muerte. No significaba que fueras a morir próximamente. Significaba el fin y el comienzo de algo nuevo. Dependiendo desde dónde se viera, aquello podía ser positivo. 

George rió con alegría al ver la carta:

—¡Más cambios!

El entusiasmo fue tal, que el aire apagó la vela que custodiaba la mesa. Ambos se miraron.

—¿Hay que interpretar esto de alguna manera?— preguntó con curiosidad Theo.

—No, jovencito. Está claro que tu vida sufrirá alguna modificación . Y ahora mismo, el único que va a ser es que vamos a comer.

Tras un suave golpe a la mesa, Theo, se levantó hacia la cocina. El viejo adivino estaba demasiado mayor como para poder cocinar. Además Theo no era malo. Sus comidas contenían un pedazo de su alma. Sabían a realidad.

La casa no era muy grande y por ello, la cocina estaba a tres pasos. Estaba rematada en madera. Los utensilios saludaban colgados en la pared. La despensa consistía en pequeño armario.
Theo lo abrió y se percató de que no había sal, el ingrediente principal de lo que quería preparar. 
Había tiempo para salir y comprar. Lo que no sabía era si había dinero.

—Señor George, ¿puedo ir a comprar unos ingredientes?— le preguntó sin esperanzas. 

El aludido miro desde la mesa donde había tirado las cartas:
—Al lado de la estación hay una tienda muy barata.

—Eso está muy lejos señor.

George rió:
—¿Lejos? Lejos está la riqueza y la vida plena Theo. 

—Entiendo —contestó con seriedad aceptando que tendría que caminar bastantes millas.

—El dinero está en el cajón de la entrada. No tardes mucho.

Theo salió de la cocina y subió a lo que era su habitación. Para salir había que arreglarse. Buscó con precaución su ropa. Se quitó sus trapos sucios. Colocó la camiseta en su cuerpo y la abrochó con cuidado. Los botones se incrustaban con disimulo en el blanco. Se arregló el cuello con delicadeza. 
A continuación, con un poco de torpeza, se coloco los pantalones. Eran negros con rayas más oscuras.. Más tarde se añadió la prenda más importante. La chaqueta, su elemento favorito. Metió ambos brazos en ella. Era realmente la parte más bella. Parecía que habían arrancando un trocito de cielo para hacer el negro de la tela. Cuando Theo sintió la chaqueta por detrás supo que ya estaba listo. Volvió a a arreglarse el cuello. La aspereza de las prendas le hacía sentir como un burgués. Resultaba que había conseguido esas prendas, tras robarle el equipaje a un empresario rico. Si te lo encontrabas en la calle, no era robar. 

El pelo azabache de Theo pedía a gritos ser arreglado. Así que, le hizo caso y se peinó. 
El reflejo en el espejo le dio una vista de todos sus rasgos. Pocas veces lo veía con tanto detalle: sus cejas gruesas con el arco marcado protegiendo a sus ojos cristalinos, el rostro robusto y sus pómulos marcados, su nariz fina y alargada, sus labios claros, el superior más fino que el inferior…
Él no se sentía bello. Pero era majestuoso. Tenía la piel de porcelana como la nobleza. Poseía una belleza exótica que nadie se había atrevido a apreciar. 
Tras arreglarse, estaba listo para salir. Bajó los escalones crujientes hasta dar con el viejo George. Se despidieron como siempre. Theo buscó la puerta con la mirada, acciono el pomo y se enfrentó al mundo.

Nadie se percato de su salida. Vivían en un pequeño callejón pero la acera era ancha. El sol, que rara vez lo hacía, brillaba con intensidad. Había adultos caminando con tranquilidad con sus esposas. Los trajes que llevaban eran preciosos. Parecían un tesoro. Los carros, rodaban tirados por caballos. Dentro, las personas trasmitían una seriedad que podía ser confundida con la educación. l viento saludó a Theo por la cara.  Olía a las comidas que estaban preparando los vecinos. La calle aún se encontraba húmeda por las lluvias recientes. Según el viejo adivino, habían llegado para irse y parecía tener razón. Las viviendas de la calle eran pequeñas. Tenían un pequeño muro de piedras grises que llagaban hasta las rodillas. A la derecha solía estar la puerta, y a veces tenían decoraciones florales. Por encima del muro incrustado, había más ladrillos marrones. Algunas tablas de madera los dividían en rectángulos. Solían haber ventanas ocupando estos rectángulos de ladrillo. También tenían rosas y tulipanes. El tejado era gris y normalmente sobresalía una chimenea.En sí, el conjunto era monumental. No se trataba de una ciudad rica, pero la humildad que la invadía parecía suficiente como para causarle emoción al espectador.
Alejándose de las vistas, emprendió el camino hacia la estación. Fue largo mas valía la pena cruzarse con la gente y admirar en lo que se iba convirtiendo la ciudad. 

Cada vez las calles se iban estrechando, señal de que estaba cerca.  Finalmente, vislumbró la tienda. Había compradores en el exterior esperando. El sitio era demasiado pequeño.
En Tense los precios eran bajos, por ello, la gente la frecuentaba.

Lo que le llamó la atención no fue el lugar en sí, si no un muchacho joven. Se encontraba mirando con atención a la multitud. Estaba en una pared de en frente con la cabeza apoyada.Tenía un gesto despreocupado. Vendía algo que parecían billetes de tren. Theo no pudo soportar la curiosidad e ignoró la tienda. A medida que se iba acercando, se fijaba en sus rasgos: pelirrojo, con un tatuaje de una interrogación en el cuello y una ropa extraña. Había oído hablar de la existencia de marcas en la piel irreversibles pero no pensaba que fueran algo real. Existía un misterio en él lo que lo hacía atractivo. Sin dudarlo acabó a unos centímetros de él. Éste le miró con una mirada inocente cargada de curiosidad. Alzó las cejas y se incorporó:

—¡Buenos días caballero! — soltó con energía.

Fueron palabras formales pero joviales. Theo se las devolvió automáticamente. Más tarde preguntó juntando toda la curiosidad acumulada:

—¿Vende billetes? ¿Porqué no se pone a venderlos dentro de la estación?

—Oh— se limitó a responderle— Tutéame.

Ante aquella felicidad inexplicable Theo volvió a formular la pregunta más informal. Le pareció una falta de respeto, pero si así se lo pedían, así lo haría.

—¿Estás vendiendo billetes clandestinamente?
El joven rió:

—¿Cómo dices? ¡No! Soy Edwin, y vendo tiempo.

—¿Tiempo?— cuestionó extrañado— ¿Relojes? 




Ale, hasta aquí, espero que estéis enganchados porque como no tenga algún comentario me daré por ignorada y no subiré nada más.

Comentarios

  1. son tontos, el talento no es apreciable a primera vista, no es tu problema si ellos no lo ven

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    Respuestas
    1. Bueno, si tengo talento o no, lo desconozco. Eso sí, el año que viene me vuelvo a presentar, con algo nuevo. ¿El qué? No lo sé, pero ya se me ocurrirá algo.

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